Mujeres migrantes, trabajo sexual y violencia: lo que revela una investigación en Lima

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La investigación permite mirar realidades que suelen quedar fuera de la conversación pública.

En la última década, más de 1.6 millones de personas venezolanas han llegado al Perú, impulsadas por la crisis económica, política y social en su país de origen. Una gran parte se ha asentado en Lima, donde vive cerca de un millón de migrantes. Detrás de estas cifras hay historias de adaptación y búsqueda de oportunidades, pero también experiencias marcadas por la precariedad, los estigmas y distintas formas de violencia.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, las investigaciones también permiten mirar realidades que suelen quedar fuera de la conversación pública. Una de ellas es la experiencia de mujeres migrantes venezolanas que ejercen el trabajo sexual en la ciudad. Muchas enfrentan condiciones atravesadas por la irregularidad migratoria, la falta de oportunidades laborales formales y el acceso limitado a servicios públicos. Según la Encuesta Dirigida a la Población Venezolana en el Perú (ENPOVE) 2022, solo una de cada cinco personas migrantes contaba con carnet de extranjería.

En el Perú, además, el trabajo sexual es legal, pero no está regulado. Esta situación genera vacíos que pueden facilitar abusos de autoridad, criminalización y estigmatización, especialmente para mujeres migrantes que ya enfrentan múltiples barreras para acceder a protección y servicios. En este contexto se desarrolla una investigación del Centro de Investigación Interdisciplinaria en Sexualidad, Sida y Sociedad (CIISSS) de Cayetano Heredia, que analiza las condiciones de vida, salud y violencia que atraviesan estas mujeres en la Lima. 

El estudio forma parte del Proyecto RADIANTE, desarrollado por el CIISSS junto con la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Toronto, y es liderado por Alfonso Silva Santisteban, Kelika Konda y Amaya Perez-Brummer. Su objetivo es comprender las necesidades sociales y de salud de esta población en un escenario donde la migración, la precariedad económica y la violencia de género se entrecruzan.

Fotografía: Alfonso Silva Santisteban

Lo que encontró el estudio

Para entender mejor esta realidad, el equipo investigador combinó entrevistas, observaciones de campo y encuestas. En la fase cualitativa se realizaron entrevistas y observaciones con 40 mujeres, mientras que la fase cuantitativa incluyó una encuesta aplicada a 304 participantes.

El estudio se desarrolló junto con la Asociación de Trabajadoras Sexuales Miluska Vida y Dignidad, aliada del CIISSS en la investigación con trabajadoras sexuales, quienes apoyaron en el reclutamiento y aplicación de las encuestas. Además, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) brindó apoyo para derivar casos que requerían atención institucional. Los resultados muestran una situación marcada por la precariedad económica y las barreras para acceder a servicios básicos.

La mayoría de las participantes tenía entre 26 y 35 años, y el 67% tenía hijos a su cargo en la ciudad. El 64% dependía del trabajo informal y cerca de la mitad reportó ingresos de 500 soles o menos al mes. Las dificultades para acceder a servicios también son frecuentes: entre 71% y 74% de las mujeres reportaron obstáculos extremos para acceder a salud o empleo.

Salud sexual y barreras estructurales

El estudio también analizó algunos indicadores de salud sexual. El 31.1% de las participantes reportó haber tenido alguna infección de transmisión sexual a lo largo de su vida, siendo el virus del papiloma humano (VPH) la más frecuente. La prevalencia de VIH encontrada en la muestra fue de 1.7%.

A través de un análisis estadístico, el equipo identificó distintos perfiles de vulnerabilidad entre las participantes. Algunos grupos mostraban mayor dependencia económica del trabajo sexual y mayor exposición a violencia, mientras que otros tenían más autonomía para negociar con clientes. Sin embargo, las tasas de infección por ITS no mostraron diferencias significativas entre estos perfiles, lo que sugiere que las barreras para acceder a servicios de salud afectan de manera transversal a esta población migrante.

Fotografía: Socios En Salud

Un sistema cotidiano de violencia

Más allá de las cifras, las entrevistas revelan cómo la violencia atraviesa la experiencia cotidiana de muchas de estas mujeres. Los testimonios describen distintos actores que participan en lo que los investigadores llaman un sistema de explotación: redes de trata, bandas criminales que cobran cupos o extorsionan, intermediarios que se quedan con parte de las ganancias, clientes que ejercen violencia o se niegan a pagar, e incluso agentes policiales o de seguridad municipal que aprovechan los vacíos legales para criminalizar el trabajo sexual.

Las mujeres que ejercen el trabajo sexual en el espacio público suelen estar más expuestas a estas situaciones. En uno de los testimonios recogidos durante el estudio, una participante resume así esa sensación de desprotección:

“¿Qué tenemos nosotras de seguridad en la calle? Ninguna. Aquí nos cuidamos entre nosotras mismas”.

Redes de apoyo y estrategias de resistencia

Sin embargo, la investigación también muestra que estas mujeres no son solo víctimas de estas dinámicas. Muchas desarrollan estrategias para protegerse y mantener cierto margen de autonomía: seleccionan clientes de manera estratégica, cambian entre diferentes modalidades de trabajo o construyen redes de apoyo entre ellas mismas.

Estas redes comunitarias se convierten, en muchos casos, en la principal forma de protección frente a contextos donde las instituciones públicas resultan insuficientes o ambiguas.

Fotografía: Alfonso Silva Santisteban

El arte como espacio de reparación

En paralelo al Proyecto RADIANTE, el equipo desarrolló otra iniciativa llamada “Estamos Aquí”, un laboratorio creativo que utilizó el arte como herramienta de investigación y bienestar. Quince mujeres migrantes trabajadoras sexuales participaron en talleres colectivos que incluían expresión corporal, teatro, canto, escritura creativa, ejercicios de respiración y meditación.

Los espacios permitieron conversar sobre migración, violencia y experiencias de vida, al tiempo que generaban momentos de introspección, juego y contención emocional. El proceso culminó con una pieza escénica colectiva que narraba experiencias de migración, asentamiento y resiliencia.

Según el equipo investigador, este tipo de metodologías permite explorar experiencias difíciles, muchas veces silenciadas, y al mismo tiempo, generar espacios de bienestar y reparación simbólica.

Fotografía: Alfonso Silva Santisteban

Los resultados del estudio también plantean preguntas para las políticas públicas.

Actualmente, muchas intervenciones institucionales se concentran en la vigilancia epidemiológica del VIH y otras infecciones de transmisión sexual. Sin embargo, las investigadoras e investigadores señalan la necesidad de ampliar el enfoque para considerar la vulnerabilidad social, la violencia de género y las barreras de acceso a derechos básicos.

El fenómeno migratorio, en ese sentido, ha dejado en evidencia las debilidades de los sistemas de protección existentes. Mientras tanto, organizaciones comunitarias y redes de apoyo entre las propias mujeres continúan siendo una de las primeras líneas de defensa frente a la violencia, el estigma y la exclusión.

Nota elaborada por Francisco Vidal, Oficina de Promoción de la Investigación